«La fama precedió a los sucesos. No hacía falta que hiciéramos nada. Éramos un virus encerrado en un contenedor de hormigón y ladrillo, un accidente nuclear a punto de expandir su destrucción al resto de la ciudad. Éramos Chernóbil antes de Chernóbil».
Hay fronteras que no figuran en los mapas. Hay barrios nacidos ya en deuda con el futuro, construidos con prisa, condenados pronto al desgaste, donde crecer significa aprender a medir las distancias con la resignación. Hay barrios en los que el tiempo pasa y lo transforma todo sin mejorar nada. Hay barrios que son una suma de voces, de biografías truncadas, de gestos mínimos; de cuerpos, errores, deseos, miedos; de heridas sociales que no cicatrizan. Hay barrios donde es posible trazar una cartografía íntima de la precariedad, del orgullo y la memoria de clase, de las violencias visibles y las invisibles, de las nuevas y las heredadas, de los vínculos que sostienen la vida en mitad del naufragio. Hay barrios como el Lianchi.